Un corazón por un pedazo de jamón

La rescate de un contenedor de basura y ella me regalo su vida entera. Se llamaba Yoja, su nombre era cortito y alegre, pequeño y fugaz, así como ella. Nos amó, la amamos y fue parte de mi familia durante 17 años.

Cuando la vi no medi­a más de 20 centímetros de largo, era una bebe que lloraba a mitad de la calle, al lado del cadáver de alguno de sus hermanitos que acababa de ser atropellado, pues alguien los abandono a ella y otros cuatro debajo de un contenedor de basura.

La tome con ayuda de una chamarra pues era huraña, no se dejaba tocar. Mi osadía me costó tres mordidas, pero cuando le di un rollito de jamón, en sus ojitos brillo la luz del perdón.

Yoja tenía muchas virtudes, una de ellas era que no le tenía miedo a nada, para ella el tamaño no importaba, era vaga y libre como un ave, jamás supo lo que era una correa y en el barrio era la única que se llevaba bien con todos los vecinos, pues a pesar de su naturaleza, amaba a los gatos y los lami­a hasta dejarlos peinados.

Era imposible mantenerla encerrada, la reja nunca fue un obstáculo para ella y cuando salíamos de casa debíamos escondernos, si detectaba un ruido extraño, nos acompañaba hasta el fin del mundo si era necesario.

Recuerdo una vez que mi hermana fue a la tienda por la mañana y Yoja salió tras ella. En algún momento se distrajo y no se dio cuenta que su dueña ya había salido con las tortillas en mano. A eso de las cuatro de la tarde cuando mi hermana iba rumbo a la universidad, vio a la Yoja sentadita frente a la tienda, aun esperándola, paso casi siete horas sin moverse de ese sitio que maravilla de animalito.

 Nuestra hija, amiga, compañera no se fue sola, nosotros la ayudamos a despedirse. Paso una semana sin poder levantarse, con la respiración agitada y de vez en cuando aullando de dolor, el tiempo fue su verdugo.

Dicen que para ellos 17 años es más que un siglo y cuando Dios dice que es momento, no hay voluntad humana que se pueda rebelar. Pero aun tuve el gusto de llevarla a la playa para que viera su último atardecer, toco el agua fría con sus patitas y se quedó dormida en la tibia arena.

En su último momento yo estuve con ella, puse mi mano bajo su cabeza y la acaricie, le agradecí­ por haberme entregado toda su vida y amor a cambio de un pedazo de jamón, le dije cuanto la amaba y le di su ultimo adiós.

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